Anoche soñé que llovía. Un aguacero, como las lluvias del monzón. Como supongo que tiene que llover en Buenos Aires. La lluvia tenía su propia luz y no se veía nada más allá de su fulgor blanco. Hoy también llueve. Y la mañana se convierte en todas las mañanas de mi vida en las que ha llovido. Protejo el pan y el diario y troto hasta los soportales y revivo las veces que he pisado en falso y el agua ha entrado en mis zapatos. Y los paraguas que he ido perdiendo porque llovía y luego de repente no llovía y el paraguas se quedó en una cabina telefónica o colgado en la valla que rodea una cancha de fútbol. Llueve detrás de los cristales y llueve sobre el parabrisas del auto. Y pienso sobre las propiedades misteriosas de la lluvia y su aparición aparentemente aleatoria en momentos muy precisos de nuestra vida. Insisto, llueve.
Como decía Lorca, "La lluvia tiene un vago secreto de ternura", y a cualquier alma dormida hace despertar con el gris de su ritmo. Preguntemos a éste último si nuestros sueños se convertirán en realidad; y para que el optimismo no se convierta en tristeza al contemplar las gotas muertas tras esos cristales, dejémonos llevar por su música humilde y sencilla pero penetrante.
Siempre dije que disfrutaba mojarme cuando llovía, me importaba poco llevar paraguas, después de todo sólo es agua, ante todo es la muestra más simple de que somos parte de un todo. La lluvia nos conecta más con nosotros mismos, es poesía, tranquilidad, paz, olvido.
Siempre dije que disfrutaba mojarme cuando llovía, me importaba poco llevar paraguas, después de todo sólo es agua, ante todo es la muestra más simple de que somos parte de un todo. La lluvia nos conecta más con nosotros mismos, es poesía, tranquilidad, paz, olvido.

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