Sus pies estaban cansados de caminar, su sonrisa cansada de
fingir, sus ojos cansados de llorar. Toda Julieta estaba cansada. Cansada de
caerse, de levantarse y de seguir buscando. Y de esperar. De esperar el
instante ese, en que como todos le habían dicho desde pequeña, todo cambiaría.
Romeo andaba de tropezón en tropezón, pero nunca se había
caído, así que no le importaba. Él siempre salía ileso, con el corazón intacto
y esa actitud ganadora que dejaría a toda mujer a sus pies. Pero él también
buscaba, aunque no se diera cuenta. La buscaba a Julieta, aún sin conocerla,
aún sin saber que ella vivía a dos cuadras de su casa.
¿Cuántos kilómetros se esconden en dos cuadras?
¿Cuántos siglos se esconden en un minuto?
Julieta y Romeo caminaban siempre por calles paralelas,
nunca perpendiculares. Y Dios los miraba desde arriba y se divertía. A veces se
arriesgaba y cortaba una calle para que Julieta tuviera que esperar el colectivo
en la puerta del trabajo de Romeo. Pero ese día, a él lo dejaban salir una hora
antes. Siempre era un desencuentro espacial o temporal. Mayormente, era un desencuentro temporo-espacial.
Un día, era el día. Los astros se alinearon, la Primavera
floreció y Julieta y Romeo decidieron caminar, finalmente, en la misma
dirección. Estaba todo dado, esta vez sí se daría, ella lo miraría a él, él a
ella, ambos sabrían que habían estado predestinados desde siempre y ella
volvería a creer, y el empezaría a hacerlo.
Faltaban tres cuadras. Faltaban dos. Faltaba una.
Era el momento y era el lugar. Finalmente, todos iban a
presenciar ese instante en que dos personas se miran y con eso basta para
paralizar el tiempo. Finalmente, el mundo contemplaría la fusión de dos medias
naranjas.
La esquina del Café Tokio sería el punto de encuentro. Sus
ventanas contemplarían la magia que ya habían olvidado. La magia esa de la que
le habían hablado a Julieta, la del amor.
Faltan cinco metros, faltan cuatro, faltaban tres. Ambos
están llegando a la esquina.
Dios se vuelve a reír.
Julieta se detiene un instante (no lo suficiente como para
que Romeo camine los dos metros restantes). Se olvidó de cerrar con llave su
casa.
Y lo único que vio Romeo de Julieta, fue su pelo girando y
su vestido amarillo acampanándose con el viento. Ese viento que se manifiesta
ante el capricho del destino de imponer su superioridad.
¿Cuántos desencuentros se encuentran en una cerradura?