En un grupo imaginario de autoayuda de melancólicos anónimos, a esto se le llamaría una recaída en el limbo, igual a esas que me atormentaban cuando estaba en otro lugar. En todos los otros lugares, de los que huí para no regresar.
Qué evento mágicamente espantoso y misterioso es este, de encontrar (querer) adelante, lo que está atrás; de revivir lo muerto en la memoria para intentar sentirlo una vez más. Pero esta nostalgia tormentosa no es más que otro conjuro de mi cabeza, que se empeña en resucitar mi tan machucado pasado para volverlo a matar.
Deben ser los efectos de la lluvia, o de tanto caminar, o debe ser el cansancio por nunca parar a descansar.
Me miro al espejo: ya no soy la misma de ayer. Tengo la mirada llena de desilusiones y las ojeras implantadas por las noches del recuerdo.
Me maquillo un poco y guardo entre lágrimas el último abrigo en la última valija de las tantas que continuaré armando.
Y me sonrío, porque así de rota y cansada y marchita, yo nunca te dejé de buscar.