martes, 3 de septiembre de 2013

Acá está el punto: .


martes, 26 de febrero de 2013

Guerra

Lo único que hago desde hace una semana, es preguntarme reiteradas veces "¿por qué?". No un "por qué", miles de por qués. Por qué escogemos siempre el camino más difícil pensando que será el más sencillo, por qué decidimos siempre huir en vez de reparar, por qué siempre conservamos la idea de que la felicidad se alcanza tras una gran lucha. Por qué necesitamos errar tanto para sentirnos vivos. Por qué.
La vida es una gran pelea, eso lo he entendido bien. Ínfimos obstáculos que hay que sortear para caminar un largo trayecto hasta lo que llaman algunos "felicidad". Pero... ¿y si todo eso es una farsa?. Puede que sea cierto... si me pongo a hacer memoria de los momentos más alegres de mi vida, todos ellos fueron el resultado de mucho esfuerzo, muchos golpes, y muchas peleas, fueron el fin de la guerra. Pero quizá, la guerra no fue esa, sino una de tantas batallas con un final prometedor que provocó en su ganador el deseo insistente e ineludible de continuar ganando más, aprovechándose ventajosamente de aquél pequeño incentivo. Quizá la guerra es esta, desde los cero años hasta el instante en que tu corazón deje de latir, y acaso entonces ¿no habremos perdido?.
Probablemente estas líneas se deban a un pensamiento negativo con el que estoy arrastrando, a la traición de "la ley de atracción", a la distancia y a la necesidad de olvidar para sobrevivir, incluso sufriendo de esta hipertimesia que no me deja parpadear sin recordar, pero ahora siento que veo todo claro. Que no hay un final feliz, que mucha gente muere sola sin haber dejado una marca en el mundo, y ellos son olvidados una semana, un mes, o si son muy populares, un año después de su muerte. A los hijos de puta se los recuerda para toda la vida, y mágicamente, cuando caducan todo el mundo empieza a decir "no era malo, era muy efusivo nomás". Y a nosotros... aquellos pobres parias con almas bondadosas y apariencia y conducta de militares, somos tratados como maquiavélicos monstruos que sólo tienen en mente destruir y llevarse todos los escombros por delante.
Yo no sé cuál sería el trofeo de esta batalla, y tampoco sé si soy digna de él. Pero ya sabes lo que dicen... una batalla no es la guerra. (Ni para bien, ni para mal.)

viernes, 4 de enero de 2013

Su lado


Hace varios días me viene ocurriendo lo mismo. Al acostarme en el lado derecho de la cama (el que tradicionalmente fue mi lado siempre), miraba hacia el placard que se encontraba abierto y veía una cara blanca iluminándose sin motivo aparente. Cerraba y movía las cortinas para notar si era algún efecto de la iluminación del farol que colgaba del árbol de mango en mi ventana. Nada, la cara seguía brillando, pareciendo cada vez más llamativa. Para lograr dormir, cerraba los ojos y pensaba en otra cosa. No me había producido temor alguno hasta ayer a la noche, cuando sentí el silencio, vi las luces verdes del arbolito navideño titilar y reflejarse en aquél rostro que me miraba audaz y temerario, burlándose de mí y mi papel de niña que internamente llama a gritos a su madre para que venga a cerrarle el placard (de día siempre me olvidaba de hacerlo y de noche ni me atrevía a acercarme). Cerré los ojos y dije “es todo ficticio”. Los volví a abrir y no se produjo cambio alguno, seguía ahí.
Ante la insistencia de mi mente en jugarme una mala pasada, logré ceder. Usurpé su lado: me pasé al lado izquierdo de la cama que tanto tiempo se había hallado vacío, y logré finalmente entender que la cara no era más que una camisa blanca iluminada por las mismas luces del mango y de mis ojos.
Logré vencer al peor demonio que habitaba mi casa: mi soledad.