lunes, 8 de diciembre de 2014

Cerrando los ojos degusta una vez más el sabor de las lágrimas derramadas otra madrugada en el asiento trasero de un taxi cualquiera de una ciudad escondida en algún rincón del mundo.
Se frota el rimmel otra vez para correrlo hasta su sien.
Se baja del taxi guardando en su puño un vuelto irrisorio que es todo lo que le sobra y nada de todo lo que le falta.
Susurra su nombre entre dientes y entre ira y entre las lágrimas que ya saboreó, y que siguen rodando, y que se van volviendo más saladas a medida que se acerca al lugar.
Inserta la llave en la cerradura y la gira sabiendo lo que le espera.
Abre la puerta lentamente.
Boom.
Un fantasma silencioso la tironea dentro de la casa, cerrando la puerta a sus espaldas.
La calma produce un estruendo en sus oídos aturdidos por la música que había estado atormentándola minutos atrás.
Se queda parada en la oscuridad, con las lágrimas, con el rimmel, con el vuelto, con la ira, con la llave, con el fantasma, con la calma.
No se quiere mover. Tiene miedo de prender la luz, de ver el monstruo más terrorífico de todos los que la habían asustado hasta entonces, del único que no le habían advertido de niña, del único que no puede escaparse corra a donde corra: el vacío.
Se aferra a una frase que un ex amor le dijo antes de partir... "lo mejor está por venir".
Prende la luz.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Proporcional a tu gracia al caminar y deslumbrar al espectador, es la torpeza de mis pies al caerme en espacios públicos.
Proporcional a la música de tu voz, es mi chillido tartamudo.
Proporcional a la mística de tu alegría, es el horror de mi pena.
Proporcional a tus ganas de quedarte, son las mías de volar.
Proporcional a la elegancia de tu gesticulación, es la mía al enredarme conmigo misma.
Y con vos. Y con nosotros.
Y con la desproporción entre tu amor y el mío. Entre el mío y el tuyo. Y con todas las proporciones desproporcionales que quitan más de lo que compensan, que restan más de lo que suman, que separan más de lo que juntan.


sábado, 29 de noviembre de 2014

Julieta y Romeo

Sus pies estaban cansados de caminar, su sonrisa cansada de fingir, sus ojos cansados de llorar. Toda Julieta estaba cansada. Cansada de caerse, de levantarse y de seguir buscando. Y de esperar. De esperar el instante ese, en que como todos le habían dicho desde pequeña, todo cambiaría.
Romeo andaba de tropezón en tropezón, pero nunca se había caído, así que no le importaba. Él siempre salía ileso, con el corazón intacto y esa actitud ganadora que dejaría a toda mujer a sus pies. Pero él también buscaba, aunque no se diera cuenta. La buscaba a Julieta, aún sin conocerla, aún sin saber que ella vivía a dos cuadras de su casa.
¿Cuántos kilómetros se esconden en dos cuadras?
¿Cuántos siglos se esconden en un minuto?
Julieta y Romeo caminaban siempre por calles paralelas, nunca perpendiculares. Y Dios los miraba desde arriba y se divertía. A veces se arriesgaba y cortaba una calle para que Julieta tuviera que esperar el colectivo en la puerta del trabajo de Romeo. Pero ese día, a él lo dejaban salir una hora antes. Siempre era un desencuentro espacial o temporal. Mayormente,  era un desencuentro temporo-espacial.
Un día, era el día. Los astros se alinearon, la Primavera floreció y Julieta y Romeo decidieron caminar, finalmente, en la misma dirección. Estaba todo dado, esta vez sí se daría, ella lo miraría a él, él a ella, ambos sabrían que habían estado predestinados desde siempre y ella volvería a creer, y el empezaría a hacerlo.
Faltaban tres cuadras. Faltaban dos. Faltaba una.
Era el momento y era el lugar. Finalmente, todos iban a presenciar ese instante en que dos personas se miran y con eso basta para paralizar el tiempo. Finalmente, el mundo contemplaría la fusión de dos medias naranjas.
La esquina del Café Tokio sería el punto de encuentro. Sus ventanas contemplarían la magia que ya habían olvidado. La magia esa de la que le habían hablado a Julieta, la del amor.
Faltan cinco metros, faltan cuatro, faltaban tres. Ambos están llegando a la esquina.
Dios se vuelve a reír.
Julieta se detiene un instante (no lo suficiente como para que Romeo camine los dos metros restantes). Se olvidó de cerrar con llave su casa.
Y lo único que vio Romeo de Julieta, fue su pelo girando y su vestido amarillo acampanándose con el viento. Ese viento que se manifiesta ante el capricho del destino de imponer su superioridad.

¿Cuántos desencuentros se encuentran en una cerradura?

viernes, 3 de octubre de 2014

En un grupo imaginario de autoayuda de melancólicos anónimos, a esto se le llamaría una recaída en el limbo, igual a esas que me atormentaban cuando estaba en otro lugar. En todos los otros lugares, de los que huí para no regresar.
Qué evento mágicamente espantoso y misterioso es este, de encontrar (querer) adelante, lo que está atrás; de revivir lo muerto en la memoria para intentar sentirlo una vez más. Pero esta nostalgia tormentosa no es más que otro conjuro de mi cabeza, que se empeña en resucitar mi tan machucado pasado para volverlo a matar.
Deben ser los efectos de la lluvia, o de tanto caminar, o debe ser el cansancio por nunca parar a descansar. 
Me miro al espejo: ya no soy la misma de ayer. Tengo la mirada llena de desilusiones y las ojeras implantadas por las noches del recuerdo.
Me maquillo un poco y guardo entre lágrimas el último abrigo en la última valija de las tantas que continuaré armando.
Y me sonrío, porque así de rota y cansada y marchita, yo nunca te dejé de buscar.

martes, 3 de septiembre de 2013

Acá está el punto: .


martes, 26 de febrero de 2013

Guerra

Lo único que hago desde hace una semana, es preguntarme reiteradas veces "¿por qué?". No un "por qué", miles de por qués. Por qué escogemos siempre el camino más difícil pensando que será el más sencillo, por qué decidimos siempre huir en vez de reparar, por qué siempre conservamos la idea de que la felicidad se alcanza tras una gran lucha. Por qué necesitamos errar tanto para sentirnos vivos. Por qué.
La vida es una gran pelea, eso lo he entendido bien. Ínfimos obstáculos que hay que sortear para caminar un largo trayecto hasta lo que llaman algunos "felicidad". Pero... ¿y si todo eso es una farsa?. Puede que sea cierto... si me pongo a hacer memoria de los momentos más alegres de mi vida, todos ellos fueron el resultado de mucho esfuerzo, muchos golpes, y muchas peleas, fueron el fin de la guerra. Pero quizá, la guerra no fue esa, sino una de tantas batallas con un final prometedor que provocó en su ganador el deseo insistente e ineludible de continuar ganando más, aprovechándose ventajosamente de aquél pequeño incentivo. Quizá la guerra es esta, desde los cero años hasta el instante en que tu corazón deje de latir, y acaso entonces ¿no habremos perdido?.
Probablemente estas líneas se deban a un pensamiento negativo con el que estoy arrastrando, a la traición de "la ley de atracción", a la distancia y a la necesidad de olvidar para sobrevivir, incluso sufriendo de esta hipertimesia que no me deja parpadear sin recordar, pero ahora siento que veo todo claro. Que no hay un final feliz, que mucha gente muere sola sin haber dejado una marca en el mundo, y ellos son olvidados una semana, un mes, o si son muy populares, un año después de su muerte. A los hijos de puta se los recuerda para toda la vida, y mágicamente, cuando caducan todo el mundo empieza a decir "no era malo, era muy efusivo nomás". Y a nosotros... aquellos pobres parias con almas bondadosas y apariencia y conducta de militares, somos tratados como maquiavélicos monstruos que sólo tienen en mente destruir y llevarse todos los escombros por delante.
Yo no sé cuál sería el trofeo de esta batalla, y tampoco sé si soy digna de él. Pero ya sabes lo que dicen... una batalla no es la guerra. (Ni para bien, ni para mal.)

viernes, 4 de enero de 2013

Su lado


Hace varios días me viene ocurriendo lo mismo. Al acostarme en el lado derecho de la cama (el que tradicionalmente fue mi lado siempre), miraba hacia el placard que se encontraba abierto y veía una cara blanca iluminándose sin motivo aparente. Cerraba y movía las cortinas para notar si era algún efecto de la iluminación del farol que colgaba del árbol de mango en mi ventana. Nada, la cara seguía brillando, pareciendo cada vez más llamativa. Para lograr dormir, cerraba los ojos y pensaba en otra cosa. No me había producido temor alguno hasta ayer a la noche, cuando sentí el silencio, vi las luces verdes del arbolito navideño titilar y reflejarse en aquél rostro que me miraba audaz y temerario, burlándose de mí y mi papel de niña que internamente llama a gritos a su madre para que venga a cerrarle el placard (de día siempre me olvidaba de hacerlo y de noche ni me atrevía a acercarme). Cerré los ojos y dije “es todo ficticio”. Los volví a abrir y no se produjo cambio alguno, seguía ahí.
Ante la insistencia de mi mente en jugarme una mala pasada, logré ceder. Usurpé su lado: me pasé al lado izquierdo de la cama que tanto tiempo se había hallado vacío, y logré finalmente entender que la cara no era más que una camisa blanca iluminada por las mismas luces del mango y de mis ojos.
Logré vencer al peor demonio que habitaba mi casa: mi soledad.