lunes, 8 de diciembre de 2014

Cerrando los ojos degusta una vez más el sabor de las lágrimas derramadas otra madrugada en el asiento trasero de un taxi cualquiera de una ciudad escondida en algún rincón del mundo.
Se frota el rimmel otra vez para correrlo hasta su sien.
Se baja del taxi guardando en su puño un vuelto irrisorio que es todo lo que le sobra y nada de todo lo que le falta.
Susurra su nombre entre dientes y entre ira y entre las lágrimas que ya saboreó, y que siguen rodando, y que se van volviendo más saladas a medida que se acerca al lugar.
Inserta la llave en la cerradura y la gira sabiendo lo que le espera.
Abre la puerta lentamente.
Boom.
Un fantasma silencioso la tironea dentro de la casa, cerrando la puerta a sus espaldas.
La calma produce un estruendo en sus oídos aturdidos por la música que había estado atormentándola minutos atrás.
Se queda parada en la oscuridad, con las lágrimas, con el rimmel, con el vuelto, con la ira, con la llave, con el fantasma, con la calma.
No se quiere mover. Tiene miedo de prender la luz, de ver el monstruo más terrorífico de todos los que la habían asustado hasta entonces, del único que no le habían advertido de niña, del único que no puede escaparse corra a donde corra: el vacío.
Se aferra a una frase que un ex amor le dijo antes de partir... "lo mejor está por venir".
Prende la luz.

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