martes, 11 de septiembre de 2012


‘Sos mi musa’ confesó mientras yo me encontraba tendida en el colchón mirándolo componer. Sus ojos se fundieron con los míos, se torció una tímida sonrisa sobre el lado de su rostro que podía observar por la luz que se filtraba incipiente por la ventana. ¿Cómo podría ser posible que alguien tan indigna como yo viviera un momento semejante? Tan pleno, tan puro, tan llenador. Su mirada y su sonrisa volvieron a esquivarme y perderse en el horizonte a través del cristal. Cerré los ojos y sentí cómo desaparecía todo, sólo los acordes de su guitarra y su voz tarareando una letra virgen de una canción que nadie había escuchado. Éramos él. Él y yo. Y nadie más, ni nada más, ni siquiera el tiempo. Temí abrir los ojos y realizarme de que eso no era más que otra fantasía, que otro sueño que jamás será concretado, de una joven que aspira con encontrar su cantor. Temí que desapareciera como todo lo que quise alguna vez lo hizo.
Junté valor, tomé aliento y volví a abrir los ojos. Seguía ahí. Una sensación nunca antes conocida me recorrió el torrente sanguíneo, llenándome de plenitud y euforia. Llenándome de algo que jamás había sentido en la vida. Felicidad.
Éramos él. Él, yo, y mi felicidad, escribiendo la letra y melodía de una canción que sólo yo escuché, y quizás nunca vuelva a ser escuchada. 

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