Le advertí desde un principio que yo no podía darle más que
lo que el veía; toda una corta vida corrompida tras excesos, noches y decepciones.
Él estuvo de acuerdo y establecimos un juego en el que el que se enamorara
sería el perdedor.
Fue algo tóxico de unos cuantos meses: tan fuerte como el
calor del sol un mediodía de verano, tan corto como el ruido del reloj al
marcar los segundos, tan encandilante como un flash en medio de la oscuridad. Era
algo secreto, sólo él, yo, y los hoteles testigos lo sabían. Nadie más.
Una noche de Junio, en otro de tantos reiterados encuentros
clandestinos, se sentó al borde de la cama cuando yo estaba a punto de
dormirme. Me observó, se volvió a acostar a mi lado y acariciándome con suma
delicadeza me susurró al oído: ‘perdí’.
Dimos por acabado el juego y cada uno retomó su vida. O lo
que quedaba de ella.

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