sábado, 21 de julio de 2012

Sonríe ante los flashes

Hoy mantuve una charla bastante emotiva con respecto a la felicidad con un ser muy cercano a mí. Esta persona me preguntaba si sabía yo acaso porque la vida nos da momentos de felicidad tan plena para después arrebatárnoslos. Al encontrarme mareada y sin respuestas, le dije que había personas que ni siquiera rozaban esos momentos a lo largo de toda sus vidas, que vivían en una sombra constante, por lo tanto era mejor tocar la felicidad unos momentos, conocerla, y luego volver a estar triste. Me remití también a hacer una comparación bastante ridícula que terminó por adquirir significado: “La felicidad es como el agua. Podemos sostenerla entre las manos y acumularla, pero de un momento a otro comienza a rebosar, a escurrirse entre los dedos, de manera que, perturbados, separamos las manos para dejarla caer totalmente y las volvemos a juntar para empezar a cargarlas de cero”. Quizá no fue la analogía correcta, quizá no fue clara, pero esta persona con la que me encontraba discutiendo, lo entendió. Parpadeó un par de veces, miró la copa de vino, y levantando una vez más la mirada me dijo “por qué siempre tenemos que abrir las manos, incluso sin quererlo?”. No supe bien qué contestar. Me mantuve unos minutos en silencio y repetí una frase que había leído ya hace mucho tiempo… “felicidad que dura deja de ser felicidad”. Quizás no encuentre nunca un argumento que explique por qué ese sentimiento de plenitud, de éxtasis, de inmensidad, es tan breve, tal vez tendré que seguir conformándome con la excusa de que de esa manera disfrutaré más la felicidad cuando la tenga entre tantos momentos de agonía, pero hasta que encuentre una excusa válida, aquella pregunta va a seguir resonando en mi cabeza siempre… “Por qué la felicidad es tan fugaz?”.

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