Hay algo que me enseñaste a los golpes, corazón, y es que el tiempo no se frena. Todo pasa, todo acaba, todo duele y todo sana, pero nada queda. Nuestra vida puede dar un vuelco de un segundo para el otro, a partir de estar en el momento indicado en el lugar indicado (o erróneo), a partir de una diferencia kilométrica o un minúsculo segundo, todo cambia. Y el mismo tiempo se lleva todo aquello, lo arrastra al abismo y queda tambaleando entre la memoria y el olvido, pidiendo ayuda de vez en cuando para que no le permitamos caer. Todo está ahí, acumulado, y ya no quiero tomarlo más, pero tampoco quiero dejarlo ir. Todo tiempo pasado fue mejor, hoy lo confirmo. ¿Por qué el destino toma siempre tantas decisiones perjudiciales para nuestra salud mental y sentimental? Si tuviera un reloj que controlara el tiempo, lo atrasaría un año, para poder hacer todo lo que me quedó pendiente en varias situaciones, para controlar mis actitudes en cada momento, para recursar aquél camino sabiamente, teniendo hoy noción de lo mucho que te quiero pero de lo tanto que te quise.
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